Puede que hasta la intriga se me este olvidando, no es por mencionar que aquel que se creía tan duro acaba arrugado en un abrigo de piel. Mientras la coliflor sigue hirviendo doy un paso a la vez sin importarme la demora, es algo cotidiano que las horas me extiendan como lapsos rugosos entre una silla y otra, o el sobre esfuerzo que me identifica con las medias escurridas de mi tobillo por la incapacidad de doblarlas bien. Me quedan cada vez más grandes, debe ser por que mis cañuelas son cada vez más delgadas o por que las porquerías que se fabrican ahora son cada vez más abundantes. Cada vez, eso suena como una extensión pasajera de las mediciones coterráneas, algún día estuve tan cerca de alcanzar la gloria y otro ya era un saco de ayer cimentado en el silencio. Cadáver es muy parecido, se me enrostra de apoco esta extensión de la normalidad, pegadita al desamparo llevo esa marca de lo que fue un hombre.
Cada vez que me vuelvo cadáver es cada vez.
Entre de a poco al baño, desordenado como siempre, con toallas y olor a humedad, expeliendo orines raídos los cuales han acabado ya por llevarse la pintura por completo. Unas maderas mantienen temerarias el espejo sobre aquel garabato de lozas saltadas donde una solitaria llave imanta el oxido en cada goteo, el escusado parece excusarse de su mísera existencia en una suerte de “perdón señor por todos mis pecados” se mantiene pegado al piso con una mancha amarilla en, bueno en todas partes. La bata oscila descosida en los bordes los que acogen el concepto de límites que en este momento leudo por bandera. El sonido del chorro contra la loza rechina por la caza como huracán ensonrdesedor, acompañando la distancia de un hervidero burbujeante.
Tiempo de drama es la juventud, esa que vivimos sin escatimarnos en gastos, alocada muestra a cada instante caras símiles condiciéndonos a todas partes mientras nos conducen. Hablamos de amor desde la vanidad de una copa de piel, sorbiendo el sudor de aquéllos que paseen en nuestro lecho solo su propia necesidad. Contamos milagros de falsedad absoluta que son ciertos dentro de la lógica prima de nuestro entorno humificado por el cigarro. Cuando caigo en esos vacíos de lo que fue me adolece una brisa desdentada sin que pueda evitar un trino vidrioso en mis pupilas, el profundo sabor del añorar me cubre la boca resecándola para darme cuenta cada vez que aun sigo hurgando por más. Cada vez pido que esto vuelva. En cada vez me clavo un cumplido nuevo para encontrarle razón a mi hoy. Encabezar el recuerdo con un preludio de lo nuevo es extraño, pero necesario para seguir cuerdo.
Cada vez encabezo mi propio cadáver.
Suelto el brazo para poder coger las llaves, me ha dado ya hace años por caminar con ellos pegados al pecho observándolo todo con los ojos del miedo mientras la canción de mi memoria repica “solo, solo, solo, solo y viejo, solo y solo, solo y triste”. Me tapo el surco de las arrugas con los lentes, da un aire más importante a mi semblante. Renqueo poco, es preferible una orgullosa cojera a una decrepita muestra de senectud con un bastón que lo compruebe. Es como llevar el cetro de los exiliados de esta vida, me basta ya con cargar con el karma 73 encima. Puedo decir confiado de que para el mundo paso a ser ya un ninguno, solamente un 73 al cual compadecer, pues ya no queda opción al entendimiento, este empieza a ser carente de parte de los otros pues no existe ya un alguien dispuesto a la comprensión: solo te brindan la falsa preocupación llamada piedad, y eso si es que. Acomodo las llaves en mi mano mientras una tapa de olla repica lento por el encuentro con un vapor, avanzo a mi ritmo jaula afuera para enmohecer un poco las veredas.
Hablan de aquel en la soledad, de lo lento que puede entender, que es frágil el tiempo sin dejar de cubrirlo de miradas cubiertas de hiel. Ven en su rostro el porvenir, en su pisada lo inevitable, se apartan de su camino con asco en los labios y la mueca de rencor indulgente. El avanza en otra era, no ve el trafico normal, siente olores de puntos que duermen en su cuerpo recreando la felicidad: repunta el sesgo en su sequito de nostalgias que no encontrara, mira con el asombro propio de los que encuentran los lugares eternos. Cada vez que se detiene encalla en el marco de la soledad, coludiéndose con las eras, sigue surcando las visiones de esos días que fueron intensos alejando de si las cicatrices. Cara y tez de las lombrices que le esperan en silencio.
Cada vez en cara y tez mi cuerpo va encabezando los postulantes a cadáver.
Por fin llega a una esquina, la que no importa y la que no conoce, se da cuenta que no entiende el como, gira en su propio eje para no reconocer nada viendo una hilera de edificios ajenos. Confirma que esta en medio de la nada, en algún sitio, se acurruca en su desesperación repitiéndose “solo, solo, solo, solo y viejo, solo y solo, solo y triste”. Siente desfallecer la integridad de los hechos, se vuelca en si mismo pregunta, a uno, a otro. Lo ignoran en mas de 73 formas diferentes, lo sobrepasan en número sumergiéndolo en un torrente completo de nadies, de esquirlas impropias de un todo zumbante. Incluso en la esquina los servidores de la ley le dicen viejo loco.
Se rueda en sus tobillos, no entiende, no comprende, no conecta. El pecho se zumba como si fuera a salirse de su centro, cada costilla le pesa un kilómetro de dudas. Se rasca los brazos, las rodillas le pesan, su cara se descompone mientras en el avanza el desconsuelo, nadie en una tierra de todos. Sin una figura que le represente, sin un estado humano que le personifique, solo 73 razones para ser un fantasma a la deriva.
Tiene que detenerse a cada momento por que se cansa, por no poder respirar, por la cantidad de incomprensión y desamparo que le dobla los hombros.
Pelea con su conciencia, esta le grita, le anuda a la verdad de estar de pústula sobre el fantasma de la muerte, la fatiga le vence en una banca.
Pasan horas, o minutos, valla uno a saber, hasta que despierta con un alguien a su lado. Le hablan. Calmado y volviendo a sus cabales con el repicar de una voz externa. Va de a poco entendiendo como funciona la realidad, descubriendo el por que de las cosas. Ese x que ha sobrepasado la barrera de 73 formas diferentes le indica a su conciencia que sigue siendo humano. Cae nuevamente en si mismo alejado de las telarañas de la locura y el recuerdo, en un estado de lucidez inminente. Cada vez que mira a quien le habla siente como la gratitud le inunda los ojos. Cada vez que le miran con un tanto de humanidad se siente vivo y presente. Calidez que recorre sus mejillas.
Cada vez que acontece un momento calido en cara y tez el cuerpo logra olvidar que encabeza un rumbo hacia un cadáver.
Me incorporo, casi de un salto, el joven es en verdad un humano de esos que conocí y hace un tiempo. Se aferra a mi mano mas fuerte de lo que mi alma se aferra a su existencia, insiste en acompañarme, en mi paranoia por no volver a experimentar un miedo como el reciente le dejo. Caminamos a mi paso, le cuento las verdades que alguna vez vivieron mis ojos, me escucha y me aclama interviniendo en los momentos precisos, entendiendo como se usan las maneras. Me mira con ojos condescendientes de sinceridad, a ratos se acomoda mis cejas en su rostro, calcula el momento en el cual mi cojera es mas evidente y me toma del codo, mientras me llama por mis apodos.
Un velo de niebla se escurre mientras camina a mi lado, veo sus rodillas peladas mientras colapsa con su primera bicicleta, lo veo sufriendo de amores sobre mis muebles, lo veo mientras pasea a mi descendencia en sus hombros. Me detengo a verlo por primera vez a años de haberle visto nacer: mi hijo.
Le abrazo llorando mientras me acaricia la cabeza, con un gesto culpable de tenerme presa de mis fantasmas, me dice que no quiere dejarme solo, solo, solo, solo y viejo, solo y solo, solo y triste. Me habla de su vida, de sus aspiraciones, se aferra a mi momento para que no le olvide, me palpita dentro del cráneo como un recuerdo. Cada vez que miramos lo que no entendemos es como si nos sumiéramos lento en el olvido. Cada vez que llenamos de realidad nuestra sombra nos volvemos evanescentes. Caes con un momento que no esperas que suceda.
Cada ves que anochece lo calido desaparece, de cara a la tez sombría logramos olvidarnos del cuerpo que nos sucede y caemos libremente a encabezar en vida un cadáver.
¿Quién es usted?
Luego de llegar a la casa estaba en llamas, consumida por una olla prendida en medio del olvido, forzado a la necesidad descansa en un rincón con otros como el, repitiendo como un rezo a ciertas horas “solo, solo, solo…”. Vez por semana aparece un alguien joven, similar a el
-A quien busca
-Al de 73, el con Alzheimer.